sábado, 23 de mayo de 2015

EL ÚLTIMO REO


 Los piquetes del pelotón de fusilamiento andaban limpiando y engrasando sus fusiles como les había ordenado el comandante del acuartelamiento, pues aquella noche de luna llena sería fusilado sin contemplación alguna el último reo que quedaba en aquella mugrienta cárcel.
 Mientras los piquetes cumplían con las órdenes recibidas, el reo andaba tumbado sobre el camastro de hormigón esperando llegara el momento de la ejecución. Se le veía tranquilo, sin remordimientos de conciencia, observando por la pequeña ventana de la celda como iba saliendo la luna, aquella luna que había sido compañera de el tantas noches como encerrado llevaba en aquella mugrienta celda, ya que era el último preso que quedaba con vida aún.
 Tal como iban pasando las horas el seguía a su aire sobre el camastro, eso si de vez en cuando se levantaba para en lo posible estirar las piernas y no verse anquilosado en el momento de enfrentarse a la muerte.
  A eso de la media noche vio como se abría la oxidada puerta de la celda para que pudiera entrar el anciano sacerdote que había consolado y confesado a todos los presos que habían caído bajo el plomo de las balas de aquel angosto pelotón de fusilamiento.
 El anciano cura se acerco al reo y mirándolo fijamente le dijo - vengo a darte consuelo en tu amargo destino. El reo sin vacilar por un instante le dijo con una voz seca- al diablo con el consuelo, el destino es el destino y no hay más que decir. Pero hijo mío le dijo el anciano sacerdote, no crees que por mucho que quieras acatar el destino deberías escuchar por un momento las palabras de un hombre de iglesia. Mire padre le seré sincero, ni e creído en los duros que e vivido, ni voy a creer ahora al final de mi vida, le diré más dentro de unas horas el sufrimiento que pueda tener y que roe mi cuerpo abra terminado para mi, pues llevo muchos años esperando este momento, ya que soy el último de todos aquellos que fueron  pasados por las armas con motivos o sin motivos, por lo tanto no necesito reconforta miento de ninguna clase.
 Después de haber oído las palabras del reo el anciano sacerdote quedo mudo como si le hubiera caído una losa encima pero siguió al lado del reo, probablemente esperando llegara un momento de lucidez y decidiera confesar todo el remordimiento que acumulaba en sus entrañas que no debía de ser poco, durante un largo rato se sintió el silencio en la celda entre el padre y el reo, la atmosfera se veía cargada por la espera de que llegara cuanto antes la hora de la ejecución, esa hora que era todo un misterio pues ninguno de los dos sabía a que hora sería ejecutada la sentencia.
 Sus miradas se iban diluyendo tal como iban pasando las horas y la luna estaba en lo más alto de su cenit, de repente sin pensárselo dos veces el reo comenzó a hablar- Padre como quiere que confiese algo en lo que no se, pues bien le puedo decir que e sido condenado y no se los motivos por los cuales me encerraron en esta celda a esperar la sentencia más despiadada que un ser humano puede esperar, pedí toda clase de explicaciones y todo han sido negativas, siempre se han limitado a decirme que me habían condenado y punto. Pero hijo eso que dices no puede ser posible, aunque conociendo a estos bellacos todo es posible y Dios me perdone por lo de bellacos. Ya estamos con Dios por el medio, mire no creo ni e creído, ni creeré y perdóneme padre pero es que no soporto que tenga que pagar lo que no e hecho, si le e de decir la verdad me siento como Jesús cuando fue condenado a muerte sin cargo alguno, ya se que es aberrante la comparación pero que puedo hacer ahora en este momento final de mi vida sino tengo de que arrepentirme.
 Hijo mío sigue la senda que as llevado todos estos años, se que la tranquilidad con la que arrastras tu condena te hace fuerte y misericordioso, igualmente se que no les guardas rencor alguno a ellos los que cada día engrasan sus fusiles por si llega el momento de tu martirio, pero bien puedes saber que aun que no creas en Dios, ni en nada parecido, aunque se halle apartado de tu vida por el calvario que estas atravesando en esta inmunda cárcel el no te abandona y por ello tu no guardas rencor a nadie.
 Aquella conversación con el curilla de la cárcel en aquellos momentos tan amargos y difíciles de soportar hicieron que de sus soñadores ojos brotara una lágrima, una inocente lágrima por la luz que se posaba sobre el sin haber aun amanecido.
 Cuando hubo marchado el curilla de la lóbrega celda, tumbado sobre el camastro de hormigón, sobre el silencio que desprendía la amanecida de la soledad oyó como preparaban otra vez los fusiles por si llegaba la orden de su sentencia, entonces al oír el chasquido de los cerrojos de los fusiles contenía la respiración y cerraba más fuerte sus ojos como queriendo no sentir nada.
 Al llegar la amanecida el vigilante que acostumbraba a despertarlo siempre a la misma hora en punto todos los días con sorna en su voz le dijo- otra vez as tenido suerte amigo, hoy tampoco te fusilamos. El lo miro con la mirada desafiante, pero hala vez con esa mirada de un hombre que nunca había matado una mosca y con esa sonrisa que lo había caracterizado toda la vida le dijo al guardián- suerte lo que se dice suerte, no lo se si la tengo, pero a que jode no poder enterrarme hoy tampoco. El guardián se volvió de espaldas a el y se perdió por los ramales de la galería, mientras sus oídos se atormentaban con la fuerte y rotunda carcajada que echaba por verse otro día salvado del pelotón de fusilamiento.
 pasaron así los días y los años con la pesadilla de una condena que no se cumplía, y las tranquilas charradas con el curilla y sus cigarrillos y un buen día todo cambio, no se sabe si para bien o para mal, pero el último reo de aquella lóbrega prisión salió al fin libre sin saber el porque de aquella condena pero con una vida por delante que duraría otros tantos años los cuales le arría feliz hasta el día de su verdadera muerte natural.
 
 

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