domingo, 3 de mayo de 2015

LA DESPEDIDA

 Al otro lado de la habitación se oían los comentarios de las mujeres acerca de Pablo y de tía Luna, de como el había sobrevivido en la tempestiva vorágine del tiempo en su más absoluta soledad, sin la necesidad de ninguno de los vecinos del pueblo castigado por la reconversión industrial, ya que habían quedado como testigos de la grandeza de otros tiempos mejores, allí mismo en el calor del leño que chisporroteaba en el hogar algunas de ellas comentaban sin el menor resquemor como pudo haber emigrado Pablo a la ciudad y por amor a las tierras en que lo vieron nacer hizo oídos sordos a poder mejorar su estatus social y seguir allí con su trabajo diario intentando sobrevivir en la más absoluta de las inclemencias que dejo la horrible guerra que a cada uno le toco vivir.
 Tía Luna seguía allí frente al cadáver sentada en la destartalada silla de anea no queriendo que pasara el tiempo y así estar al lado de Pablo el tiempo que en vida no pudo dar por vergüenza al que dirán o por pura timidez de una mujer que nunca pudo expresar lo que sentía en sus entrañas por el pobre difunto Pablo.
 Ahora que el tiempo a desencajado su rostro y la muerte de Pablo le a hecho sacar de sus adentros los sentimientos se siente más honrada que antes y más querida por sus paisanos, que como los cánones dictan se han reunido alrededor del muerto y de tía Luna, eso si sin hacer comentarios atípicos a su vulnerable relación con el difunto y eso que siempre fueron en la oscuridad de las casas, en las noches aciagas de invierno por ver como se desvanecía una relación que hubiera sido de lo más normal en el pueblo ya que toda la vida vivieron pared con pared, pero como siempre dijo Pablo, eso no tiene que ver con la realidad de los dos, ya que en sus miradas y sus abocados silencios se amaron como nadie.
 La noche de la muerte de Pablo tía Engracia había predicho, que seria una noche de ventisca y nieve, mucha nieve y como siempre que predecía algún acontecimiento así estaba sucediendo desde que el pobre pablo diera su último suspiro a esta vida. Nevaba sin reparo y tal como caían los copos se helaban por el gélido frío que hacia y había hecho durante todo el día.
 Las mujeres a las ordenes de tía Engracia seguían al calor del fogarín sentadas en la cadiera, cuando unas ya comenzaban a dar cabezadas por la fatiga de la noche y las otras andaban luchando con todas sus fuerzas para no caer en la tentación de las otras, cuando tía Luna apareció por la cocina a ver como se encontraban ya que no se oía el murmullo de las oraciones que andaban toda la noche rezando al compas de las campanas de la iglesia que no dejaban de sonar a muerto, ya que era una costumbre ancestral que de continuo sonaran las campanas en memoria del difunto, en aquel momento y tras haber visionado que la fatiga podía con ellas anduvo de nuevo hasta el cuarto donde no había dejado más que algún segundo a Pablo. Cuando descubrió una carta que alguien o la casualidad de la mala noche había dejado escurrirse por debajo de la puerta, tal fue la sorpresa que dio un grito de alarma y acudieron junto con tía Engracia a ver que sucedía y allí junto a la puerta se encontraron a tía Luna quieta, como ida por la sorpresa, con los ojos engrandecidos como si hubiera visto un fantasma.
                                                                             (continuara)
 

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