miércoles, 10 de junio de 2015

EL REVÓLVER I


 Aquella noche habíais echado el polvo más enérgico e inquietante desde que os conocíais. Os pasasteis toda la noche explorándoos el uno al otro entre largos gemidos que hacían temblar las paredes de aquella oscura habitación, que olía a aquel fuerte sudor que desprendían vuestros cuerpos, pero no os importaba hacia tiempo que no jugabais el uno y el otro con tanta intensidad y se os notaba en el rostro y en la laceración de vuestros cuerpos que seguían unidos con un nudo gordiano, el uno encima del otro.
 Ella seguía tendida sobre la cama toda desnuda cuando te levantaste de su lado, te quedaste enfrente de ella conteniendo la respiración contemplando aquel bello cuerpo desnudo como si fuera la primera vez que lo veías y echaste una sonrisa maliciosa, de aquellas sonrisas que echabas cuando acababas un buen trabajo que satisfacía tus inquietudes, y dijiste- no a estado nada mal cariño, después saliste del cuarto con la sensación de que lo que habías vivido hubiera sido un sueño y sobre la mesa, aquella mesa fría y abandonada de todo detalle en la que reposaban las infidelidades de ella te encontraste aquel revólver, que pensabas que andaba perdido en cualquier rincón de la casa. Encendiste un cigarrillo de un paquete arrugado como tu piel después del trabajo y te quedaste mirando el revólver sin pestañear por un momento. No sabías como había llegado hasta allí, ni siquiera lo que hacía allí y sin darle más importancia que la que tenia te acercaste hasta la puerta de la alcoba, volviste a mirarla con deleitada pasión ya que seguía en su más profundo y feliz sueño toda desnuda con la grandeza de su belleza extendida sobre aquella cama que cada vez que hacíais el amor chirriaba como un viejo cacharro falto de aceite, te acercaste hasta ella, le diste un beso suave e inquieto y volviste hasta la mesa.
 Sentado frente a la mesa, encendiste el último cigarrillo, lo saboreaste como saboreabas el cuerpo de ella cuando lo tenías encima del tuyo y te quedaste mirando fijamente el revólver, quisiste cogerlo pero te retuviste y solo lo miraste, sin inmutarte, con la mirada puesta fijamente sobre el seguiste entre tomar una u otra decisión, pero no sabías cual de las dos era la buena, ya que apreciabas la vida más que nada en este mundo. 

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