jueves, 11 de junio de 2015

EL REVÓLVER II


 Entre tu decisión y tu mirada apareció ella desnuda como había venido al mundo, no te dijo nada, se quedo frente a ti con su cuerpo desnudo mirándote fijamente, entonces cogió el arrugado paquete de cigarrillos saco un cigarrillo y lo encendió con la misma lascivia que cuando con sus sonrosados labios exploraba y saboreaba cada rincón de tu cuerpo, tu acostumbrado como estabas a aquella escena ni te inmutaste por ello cerraste los ojos mientras en tus oídos atronaban los tambores de las dos rompidas de hora que habías vivido al lado de ella en Hijar y Calanda.
 Cuando se volvió a la vieja madriguera tu volviste a mirar el revólver que seguía encima de la mesa, eso si lo mirabas con indiferencia, diríase que sin prestarle atención, ya que sabías que la mala pécora de ella lo había puesto allí a idea, lo que no sabía era que no ibas a caer en la tentación de cogerlo y apuntar a tu sienes, no estabas tan desquiciado, ni tan loco para quitarte la vida por ella, ya que ella solamente era un polvo de vez en cuando.
 Allí mismo frente a la mesa con el revólver desafiándote cogiste el último cigarrillo que quedaba en el paquete todo arrugado lo encendiste y saboreaste la primera calada que le diste como si te fuera la vida en aquel momento, ella desde la húmeda cama te observaba, pues por el rabillo de tus ojos sin inmutarte la viste como miraba hacia la mesa, no sabías o no querías saber lo que por aquella cabeza desconcertada en todo momento pasaba, seguramente pasaría que eras un necio y como tal cogerías el revólver y te lo llevarías a tu sienes con la mano temblorosa por el respeto o el miedo a hacer lo que nunca pensaste o tal vez pensara que tu cordura te jugara una mala pasada y fueras directo hasta la húmeda cama y apuntaras hacia ella amenazante, eso sí por muchas ganas que tuvieras tu sabias que no iba a suceder tal esperpento así que cogiste tu cazadora y te encaminaste hacia la puerta sin decir nada, simplemente te marchaste, necesitabas de tu soledad como quien necesita del aire para poder seguir viviendo, cuando bajaste las escaleras de aquel mal oliente hotel pensaste- solo a sido un polvo bien trabajado y te perdiste por las destartaladas calles que desprendían un olor a orín de perro que era irrespirable, caminaste y caminaste sin rumbo olvidando el suceso de su propia amenaza sin palabras porque lo que pensabas era eso, que aquel revólver dejado sobre la mesa a posta era una amenaza a tu integridad física, sabías que era la forma de pagarte el último polvo que pensabas echarle.
                                                                     (Continuara)

1 comentario:

  1. Esperaré atenta el próximo capítulo Juan Carlos, pues deseo saber qué pasará después de su partida del hotel.
    A medida que leía las imágenes aparecían, no sé qué haría yo con ese revolver.
    Me encantó amigo.Esperaré.

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